Mirar la feminidad con respeto: palabras de un hombre
En cada una de estas palabras se dibuja una mujer que es madre, que es amiga, que es hermana, que es amor y que amo.
En defensa de la imaginación trataré de pensar luna, de ser estaciones y vida. Intentaré hablar de calor, de ausencia, de presencia, de ser ella. No para interpretar sus silencios ni para pasar por encima de sus necesidades o sentimientos, sino para ser ella desde los ojos de algún él. De algún él que “no está cortado con la misma tijera”, de algún él que seguramente, mientras lees esto, te hace recordar su sonrisa silenciosa: la que te acompañaba cuando sí, cuando no y hasta cuando tal vez.
¿Viajar o quedarme? ¿Cuál ropa interior es la adecuada? ¿Depilarme o no? ¿Pagar o no? ¿Por qué tanta culpa? ¿Tomar la iniciativa? ¿Casarme o “quedarme a vestir santos”? ¿Y si tal vez no me gustan ellos, sino ellas? ¿Estudiar o seguir trabajando? ¿Y si dejo de pensar en el mundo y pienso solo en mí?
O si tal vez no me gusta nadie… y solo me gusto a mí misma.
¿Recuerdas tu primera menstruación? Ese momento de tratar de entender tu cuerpo, preguntándote por qué ya no te gustaba hablar tanto como antes, por qué a tus amigas aún no les había llegado el periodo, por qué tu cuerpo cambió tanto, por qué nadie te advirtió mejor sobre todo esto. En cómo reaccionaron tus papás cuando empezaste a salir con alguien, cuando dejaste de ser niña para convertirte en mujer. ¿Por qué tantas preguntas y tan pocas ganas de preguntar?
Ella sobrevivió a una cirugía en el cuello, muy cerca de su tiroides, hace unos años. Comprometía sus cuerdas vocales y hasta el movimiento de su rostro, pero afortunadamente solo quedaron controles periódicos para prevenir algo peor y una cicatriz que le recuerda que la vida, a veces, habla muy en serio.
Ahora, a sus treinta años, se descubre viviendo con sus padres, sintiéndose ajena al afecto, sin una buena relación con ellos y apenas hablando con sus hermanos. Tiene una relación donde reina la desconfianza, las peleas y las inseguridades. Ella lo sabe, pero ya van casi cuatro años de idas y venidas, de preguntarse: ¿por qué sigue allí? ¿Por qué necesita un hombre a su lado? ¿Por qué no elegir estar sola? Es joven, inteligente, trabajadora, goza de buena salud y cuenta con el apoyo de su familia.
Ella se pensionó hace casi un año y nunca creyó llegar a disfrutar de su pensión. Tal vez por la ansiedad, tal vez por la depresión que acompaña sus días, tal vez porque tres hijos dejan secuelas en el cuerpo y en la mente, tal vez porque su esposo no es el más amoroso ni el más comprensivo, tal vez porque carga con los traumas de su niñez, tal vez porque aún se siente responsable por sus hermanos solo por ser la mayor de cuatro, tal vez porque el recuerdo de su madre —quien descargaba la rabia de un esposo ausente sobre ellos— la persigue. Tal vez porque se pregunta por qué siempre ha sido la “noble”: la que todo lo soporta en silencio, la que llora “por todo”, la que calla para evitar conflictos, la que siempre escucha a todos, la que siempre carga el peso de alguien más sobre sus hombros.
Ella tiene 36 años, vive en una ciudad casi desconocida, asimilando aún su divorcio, recuperando su espacio, su tiempo y su libertad. Disfruta la compañía de su gato, quien le mostró el amor y la incondicionalidad que solo un animal brinda.
La sorprendió otro clima, otro acento, otro ritmo en las calles. Con esa extraña sensación de incertidumbre que fortalece la fe, la humildad, el trabajo, el agradecimiento, el amor propio, su sexualidad, su naturaleza, su intuición, su instinto, su inteligencia y el amor. Cambian sus planes, decisiones, indecisiones, dinámicas, rutinas, metas, pasatiempos, economía, confianza y su percepción de lo que creía conocer, de lo que sigue conociendo y de lo que ya no le interesa conocer.
Aprender, desaprender, recordar, olvidar, leer mejor su historia, reflexionar su presente y escribir su futuro.
Cada mujer es una historia: según su edad, su familia, sus sueños, sus gustos, sus pasiones, sus hábitos, su cuerpo, sus creencias y sus experiencias. Así como cada etapa de su vida es diferente, es única; por más que se parezca a otra, no lo es. Por eso es tan importante que cada una reconozca, descubra y abrace su propia historia con todo lo que traiga: a veces miedo, a veces alegría, a veces dolor, a veces sentimientos y sensaciones que no se pueden escribir.
Intento llamar y abrazar también mi lado femenino; no simplemente para encontrar un grado de empatía o ponerme en los zapatos de alguien más, sino para entender, explorar y palpar ese lado femenino que me permite crecer no solo como hombre, sino como ser humano completo.
La vida es cambiante, todo varía, todo se mueve. Siguiendo este principio universal, tu cuerpo, tu alma y tu mente también se mueven. Confía en tu instinto, apóyate en otras mujeres que te puedan guiar con su propia historia, sé faro para aquellas que, al igual que tú, están con dudas que tal vez ya resolviste. Descubre que la familia, tu pareja, tus amigos, la naturaleza, tú misma y el mundo que te rodea son respuesta a las preguntas que han llegado y que seguirán llegando en cada estación de este hermoso camino que empezamos desde que una mujer, precisamente, tomó la decisión de que fuéramos vida latiendo desde su vientre.
Escrito por: CRISTHIAN FERNANDO PARRADO HUERTAS
Instagram: @misextavocal
Al compartir estas palabras, Cristhian nos recuerda que mirar la feminidad con respeto y humildad es un acto profundo de humanidad. En Serfem celebramos esa misma intención: acompañar a las mujeres en cada estación de su vida —especialmente en la premenopausia y menopausia— con comprensión, ciencia y naturaleza. Porque cuando los hombres se acercan a escuchar en lugar de explicar, y las mujeres nos permitimos ser vistas en nuestra totalidad, construimos un espacio donde la evolución femenina puede florecer con mayor conciencia, amor propio y sororidad.




